Resumen: El hombre que plantaba árboles de Jean Giono



Esta historia es contada por un hombre que, luego de realizar una ardua caminata por los espacios más desconocidos de los Alpes; se encuentra con Eleazar Bouffier, a simple vista caracterizado por una serenidad inhóspita, le ayuda saciar su sed gracias al pozo artificial que él había construido. Eleazar vivía en medio de aquel desértico y desolado lugar, no habitado por otros más que los pequeños grupos de los cuales el egoísmo emanaba, pasteaba ovejas y era acompañado por su perro. 

Luego de descansar en la casa de piedra de Eleazar (un espacio muy ordenado e impecable, al igual que su dueño, a pesar de las circunstancias), el joven muchacho se da cuenta de que las bellotas, escogidas con extremado cuidado la noche anterior, tenían un propósito. Eleazar las plantaba. 

Durante años, sin avisarle a nadie, sin importarle a quién le pertenecía aquel lugar y viendo como una inmensa cantidad de veces, lo que en potencia era un roble fuerte, no lograba su cometido por diversos factores, el pastor se dedicó a remediar lo llano, una acción por la que a cambio no esperaba nada. Ni siquiera el joven que narra esta historia lograba comprender en su totalidad lo tan virtuoso que era el acto en sí, fijándose en aspectos algo más superficiales. 

Así, al tener curiosidad por la vida del pastor lo visitó de nuevo, luego de la Primera Guerra Mundial. Fue ahí cuando vió que más allá de los lares abandonados y del hogar del solitario protagonista, se levantaba una manta verde y esperanzadora, llena de robles jóvenes y algunos animales, una vista que contrastaba con la suerte de la guerra, todo esto había sido obra de Eleazar.

El pastor había cambiado un poco su forma de vida, pasó de ovejas a colmenas y no se preocupó en lo más mínimo por lo que ocurría en el mundo;  trajo junto con los árboles, agua; y junto con el agua, más vida. Entonces, el hombre lo visitaba cada año, enterándose de los fracasos y éxitos sobre las acciones de Eleazar: y tal como se dijo al principio, este último no esperaba recompensa o reconocimiento, hasta los guardabosques lo intentaron persuadir para que no toque aquella aparición natural, de la cual el Estado mismo quiso hacerse cargo y protegerlo, aunque con ello se acecharan acciones malévolas. Nuestro narrador, sin embargo, dio a conocer la historia de este hombre al comentarle su hazaña a un amigo suyo, un jefe forestal. Fue así como no solo se protegió aquel bosque, sino que también, la vida y felicidad de Eleazar. 

Incluso, luego de la Segunda Guerra Mundial, las visitas continuaban. Aquel desierto ya no era el mismo, aquellos grupos de habitantes aparte del pastor, habían crecido y junto a ellos apareció un aroma amigable y un aspecto cálido acompañado por más vegetación, en macetas o en la misma tierra. Tiempo después, Eleazar falleció en 1947, sin embargo, luego de hacer surgir un nuevo medio ambiente, hizo surgir la felicidad en muchas otras personas.


Link del libro en formato PDF: https://bit.ly/elhombrequeplantabarboles